Costa Rica ha construido buena parte de su identidad democrática sobre un principio silencioso pero fundamental: la existencia de un periodismo diverso, relativamente libre, profesional y, en una parte significativa de su ecosistema, éticamente orientado al interés público. Esa tradición no es menor ni automática; es el resultado de décadas de prácticas, normas y consensos democráticos que hoy enfrentan una prueba decisiva.
El más reciente informe «Periodismo, medios y tecnología: tendencias y predicciones para 2026», elaborado por el Reuters Institute for the Study of Journalism, advierte que el periodismo global atraviesa una de las etapas más críticas de su historia. Y lo que ocurre a escala mundial se refleja, con particular intensidad, en el contexto costarricense y centroamericano.
El dato central del informe es inquietante: solo el 38 % de las personas que dirigen medios confían en el futuro de la industria. Esta desconfianza no responde únicamente a factores tecnológicos o económicos. Está alimentada también por el deterioro del entorno político, la erosión de la confianza pública y el aumento de presiones —explícitas e implícitas— sobre la labor periodística.
La irrupción de la inteligencia artificial y de sistemas de respuesta automatizada está acelerando el agotamiento del modelo digital basado en tráfico y publicidad. Pero el riesgo no es solo financiero. Cuando la supervivencia depende del clic inmediato, el sensacionalismo, la polarización y la simplificación extrema se convierten en atajos tentadores.
Es aquí donde la ética periodística deja de ser un discurso abstracto y se convierte en una decisión cotidiana: ¿priorizar velocidad o verificación?, ¿viralidad o contexto?, ¿alinearse con la lógica del algoritmo o con el derecho ciudadano a información confiable?
En Costa Rica, donde el debate político se ha vuelto cada vez más confrontativo y personalizado, esta tensión es evidente. El periodismo enfrenta presiones simultáneas: financieras, tecnológicas y políticas.
El informe señala que, en numerosos países, la relación entre poder político y prensa se ha deteriorado de forma sostenida. Centroamérica ofrece ejemplos extremos y dolorosos: persecución judicial, cierre de medios, exilios forzados y criminalización del periodismo en Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala.
Costa Rica no vive ese nivel de represión, pero sí muestra síntomas preocupantes de erosión democrática: deslegitimación sistemática de la prensa crítica, ataques verbales desde el poder, intentos de presentar a periodistas como «enemigos» o «activistas» y una narrativa que convierte la fiscalización en supuesta obstrucción.
En este contexto, la ética periodística cumple una doble función: proteger a la ciudadanía de la manipulación y proteger al propio periodismo de convertirse en un actor partidista, reactivo o instrumentalizado.
El informe es claro en un punto fundamental: la inteligencia artificial puede apoyar tareas técnicas, pero no reemplaza el juicio ético ni la responsabilidad editorial. La confianza de las audiencias sigue estando asociada a personas, no a máquinas.
En una región donde la desinformación se amplifica con rapidez —incluidos contenidos generados o manipulados por IA—, la ética periodística debe traducirse en prácticas concretas: transparencia sobre las fuentes, corrección oportuna de errores, separación clara entre información y opinión, distinción explícita entre contenido periodístico y publicidad, y rechazo frontal a discursos de odio y campañas de manipulación.
Otro hallazgo clave del informe es la fragmentación del consumo informativo. Cada vez más personas se informan dentro de burbujas digitales reforzadas por algoritmos y creadores de contenido sin estándares profesionales.
Para Costa Rica y Centroamérica, esto representa un riesgo democrático directo. Sin hechos compartidos, el debate público se degrada. Sin medios creíbles, el espacio común es ocupado por rumores, propaganda y narrativas emocionales diseñadas para dividir.
El periodismo ético no consiste en fingir neutralidad absoluta, sino en ofrecer información verificable que permita disentir sobre bases comunes.
El informe señala que los medios están explorando suscripciones, membresías y comunidades de apoyo como alternativas al modelo publicitario tradicional. Pero esta transición solo será legítima si preserva la independencia editorial.
En sociedades polarizadas y desiguales como las centroamericanas, la sostenibilidad del periodismo no puede depender ni del favor del poder político ni de la lógica del mercado sin límites. Requiere confianza social, y esa confianza se construye lenta, pero sólidamente con ética.
El futuro del periodismo costarricense no lo decidirán los algoritmos ni la inteligencia artificial sino las decisiones humanas: qué se investiga, a quién se fiscaliza, qué se publica y bajo qué principios.
En una región donde el autoritarismo avanza y la verdad es cada vez más disputada, defender la ética periodística es defender la democracia misma. No como consigna, sino como práctica diaria. Porque cuando el poder grita y el algoritmo empuja, el mayor acto de resistencia sigue siendo informar con rigor, contexto y responsabilidad. Es acá donde se diferencia el buen periodismo del malo.
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