He visto como está surgiendo en Costa Rica una peligrosa tendencia de promover el miedo a opinar, ya sea para evitar acciones directas o en contra de familiares. Alguna gente recomienda guardar silencio y no criticar los exabruptos semanales.
La autocensura, el temor a decir lo que se piensa para evitar acciones en contra de la familia es un fenómeno común en contextos autoritarios, donde las personas limitan su libertad de expresión para evitar represalias indirectas. No solo se trata de miedo a sufrir consecuencias personales, sino el deseo de proteger a seres queridos que podrían convertirse en objetivos de posibles agresiones, sanciones o estigmatizaciones.
También eso ocurre en contextos de violencia estructural, quienes denuncian abusos de poder, narcotráfico o corrupción pueden optar por callar. En muchos casos, surge de forma silenciosa y profunda: es el propio individuo quien decide guardar silencio, suavizar sus opiniones o esquivar ciertos temas para evitar poner en riesgo a sus seres queridos.
Esta amenaza indirecta convierte la libertad de expresión en una arena marcada por la precariedad emocional y moral: no se trata solamente de lo que uno se atreve a decir, sino de lo que calla para proteger a otros.
Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la autocensura es una consecuencia directa de la violencia y la persecución contra periodistas, activistas y disidentes políticos. Cuando las amenazas se dirigen hacia los familiares, el efecto inhibidor se multiplica, pues las víctimas consideran intolerable el riesgo de exponer a sus seres queridos.
Reporteros Sin Fronteras señala que este fenómeno se observa en regímenes autoritarios y en países con altos índices de criminalidad organizada, donde las familias de periodistas o defensores de derechos humanos son blanco de intimidación. De esta forma, el costo de hablar se traslada a todo el entorno personal, generando un “círculo de silencio”.
Una democracia puede ir descomponiéndose si se limita, amenaza o se teme a pensar y opinar diferente, a disentir de las voces dominantes o con poder. Todo absolutismo inicia persiguiendo y acosando a las voces críticas, se censuran los medios informativos, se concentra el poder en una sola persona o un grupo reducido y se restringen las libertades civiles como la libertad de expresión, prensa, asociación y manifestación.
No se puede tolerar que nuestra democracia entre en agonía camino a una dictadura por temor, se debe actuar con determinación, con toda libertad e informar sobre lo que se tenga que señalar.
Por ello, se debe hacer público cualquier tipo de hostigamiento, acciones de vigilancia y amenazas para evitar el efecto expansivo del silencio. Si las voces críticas van desapareciendo se reduce el espacio cívico y democrático, se erosiona la confianza comunitaria, se reproduce el miedo intergeneracional al transmitirle a las nuevas generaciones el no cuestionar, se limita la libre circulación de ideas fundamental en democracia, se genera aislamiento social y psicológico, se disminuye la credibilidad institucional y social y se pierde algo fundamental: el derecho a conocer la verdad.
El costo humano de la autocensura no se mide en estadísticas, sino en las cicatrices emocionales que deja. En la pérdida de conversaciones que nunca se tuvieron, en los debates que nunca ocurrieron, en las verdades que nunca encontraron eco. Es una herida silenciosa, pero colectiva, que marca a familias, comunidades y generaciones enteras.
El miedo a dañar a los seres queridos es, en última instancia, una muestra dolorosa de cuánto puede el amor convertirse en una trampa frente al poder. Callamos porque amamos, y en ese sacrificio se desnuda la crudeza de un sistema que sabe perfectamente dónde golpear: no en la voz de quien habla, sino en el corazón de quien ama.
La autocensura para proteger a los seres queridos evidencia cómo el poder no siempre necesita el ejercicio directo de la violencia física; basta con el miedo a que esa violencia pueda extenderse hacia las personas que se quiere.
Este fenómeno subraya la fragilidad de la libertad de expresión cuando no solo el individuo, sino también su entorno, se convierten en posibles objetivos.
Hablar o callar deja de ser una elección personal y se vuelve una encrucijada ética y emocional que moldea la vida cotidiana de millones de personas. Ante esto solo la valentía y el coraje pueden salvar a las democracias.
Raúl Silesky Jiménez
15 de agosto, 2025
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