DEL “PORTA A MÍ” AL “YO SÍ SÉ”: LA NUEVA EMOCIÓN POLÍTICA TICA

Hubo un tiempo en que el costarricense resolvía su relación con lo público con una elegante distancia. No era indiferencia pura; era, más bien, un mecanismo social de convivencia. Un modo de cuidar la paz interior y la paz comunitaria. Ahí viven esas frases que Carmen Naranjo supo señalar como marcadores de actitud: “porta a mí”, “de por sí”, “diay”, “si lo decís, me quito”. No describen solo un habla: describen un temperamento.

“Porta a mí” funciona como un retiro táctico: esto no me toca, no me corresponde, yo sigo con lo mío. “De por sí” pone un sello de inevitabilidad: así es el mundo, así camina el país, ya verá que no cambia. “Diay” es una bisagra: puede ser resignación, ironía, pregunta, cierre; sirve para no fijar una postura completa cuando fijarla implica discusión. “Si lo decís, me quito” es cortesía y, al mismo tiempo, una filosofía práctica: si esto se enreda, yo cedo el paso y preservo la armonía.

Ese repertorio no convierte a nadie en apático. Más bien, crea una cultura donde el conflicto se administra con suavidad. Y, por décadas, esa suavidad fue parte de la identidad de Costa Rica: una democracia de trato amable, donde la política se podía ver como importante sin convertirse en pelea diaria.

Lo interesante es que esa distancia ya no es el tono dominante. Hoy se siente otra atmósfera: una conversación pública más intensa, más dicotómica, más cargada de etiquetas morales. En otros lugares, ese giro se organiza en el eje izquierda/derecha. Aquí, el plano es distinto: se parece más a una división emocional entre “los que se sienten pueblo” y “los que son vistos como casta”; entre “los que se declaran antisistema” y “los que son asociados con el edificio institucional”. No siempre se define qué significa “casta”, ni se describe qué sería “el sistema” en términos concretos. Aun así, el mapa emocional funciona: basta con señalar a un culpable y colocarle un rótulo.

En ese nuevo clima aparece un repertorio que suena a consigna: prensa canalla, burocracia incompetente, mandos medios, instituciones gastadas. Observe el movimiento: no es una discusión sobre ideas; es una discusión sobre carácter. Ya no se dice “esto es mejor por estas razones”, sino “esto es lo correcto porque los otros son lo incorrecto”. El conflicto se vuelve moral, y cuando el conflicto se vuelve moral, la conversación deja de pedir propuestas detalladas: pide lealtad.

Ahí está el puente con las frases clásicas. “Porta a mí” y “de por sí” ayudaban a convivir, sí, pero también enseñaban una lección silenciosa: lo público queda lejos; el ciudadano cuida su vida privada y mira la política como un paisaje. Ese paisaje, con el tiempo, se llenó de señales de desgaste: trámites, esperas, frustraciones, promesas que no se sienten cumplidas. Cuando la distancia se mezcla con cansancio, se crea un anhelo comprensible: que alguien llegue y “haga que las cosas caminen”. Esa expectativa no nace de ideologías: nace de experiencia cotidiana.

Y aquí ocurre el giro decisivo: la desafección fría se convierte en energía caliente cuando aparece un relato que ofrece tres cosas a la vez.

Un enemigo nítido. No hace falta explicar un modelo de país; basta con nombrar al responsable: “ellos”.

Una identidad simple. No hace falta estudiar; basta con pertenecer: “nosotros”.

Una promesa de eficacia. No hace falta un plan largo; basta con autoridad y determinación: “yo sí sé cómo”.

Ese “yo sí sé” es el nuevo corazón emocional. Es una promesa seductora porque convierte la complejidad en un gesto. Donde antes había “diay” —esa suspensión tica que evita la rigidez— ahora hay certeza total. Donde antes había “si lo decís, me quito” —esa retirada cortés— ahora hay “aquí se viene a poner orden”. El ciudadano ya no se desconecta: se alinea. Y se alinea no alrededor de un programa, sino alrededor de una antipatía compartida.

Por eso a usted le cuesta encontrar el marco conceptual: porque usted está buscando un debate ideológico, y lo que tiene enfrente es un fenómeno afectivo. No es tanto “qué piensa la gente” como “qué siente la gente” respecto de ciertos actores. La política se vive como pertenencia o rechazo. Como tribu o amenaza. Como defensa de “los míos” más que como construcción de un camino verificable.

Aun así, hay una manera clara de decirlo, sin jerga, y con una imagen fiel a nuestra cultura:

Pasamos del eje “desentendimiento–convivencia” al eje “condena–confrontación”.

En el primer eje, el ciudadano preserva la armonía con distancia: porta a mí, de por sí, diay. En el segundo eje, el ciudadano busca restauración mediante señalamiento: ellos tienen la culpa; yo tengo la verdad. No es que un país “se vuelva malo” de pronto; es que cambia el método emocional con el que procesa frustraciones y expectativas.

Y aquí viene la pregunta que más vale la pena hacerse, porque es la pregunta que puede elevar el análisis: ¿qué gana una sociedad cuando deja la frialdad y entra a la dicotomía? Gana energía, gana claridad de bando, gana sensación de acción. Esas ganancias son reales. El problema es que, cuando la energía se organiza solo por señalamiento, la propuesta se vuelve opcional. Y, cuando la propuesta se vuelve opcional, el ciudadano queda atrapado en un círculo muy tico: vuelve “de por sí”, pero esta vez como resaca emocional.

Hay una salida más prometedora, y también más costarricense: recuperar lo mejor de ambas épocas. No se trata de volver al “porta a mí” como huida, ni de quedarse en la confrontación como entretenimiento. Se trata de rescatar del habla popular su sabiduría práctica: esa capacidad de bajar el conflicto sin apagar la responsabilidad.

Tal vez el siguiente paso cultural sea inventar —en el mismo tono del habla cotidiana— una frase nueva que diga: me importa, pero lo pienso; me duele, pero lo convierto en propuesta; discrepo, pero no deshumanizo. Si el país logró convertir “pura vida” en una filosofía, también puede convertir la conversación pública en un ejercicio de madurez afectiva: con carácter, sí, y con contenido.

Porque, al final, una democracia no se define solo por sus instituciones. También se define por las frases con las que una sociedad decide —cada día— qué hacer con lo que le pasa. Y ahí, en ese pequeño laboratorio del lenguaje, se está jugando más de lo que creemos.

José Mairena, asociado del IPLEX

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